Álvaro Uribe y su capricho por la guerra

Con el definitivo adiós a las armas, que hizo hoy las FARC, es bueno rememorar esta opinión de  Alonso Rodriguez Pachón en el tabloide virtual conlaorejaroja, escrita en septiembre de 2015.

 

Hasta el día de hoy los dos grandes amantes de la guerra, de las armas y que por años han sido enemigos de la paz se han distanciado. Todo parece indicar que de un tiempo para acá la ultra derecha, en cabeza de Álvaro Uribe, ha dejado de comer en el mismo plato y en la misma mesa con los guerrilleros; está última, una de las dos orillas que a pesar de provenir de la misma calaña y que había vivido defendiendo y legitimando el estado de caos en el país junto con el uribismo, ha reafirmado con el Gobierno la voluntad de buscar un camino hacia la paz.

Tan pronto como el Presidente Juan Manuel Santos hizo el anuncio al país, su alarido desde las toldas del Centro Democrático no se hizo esperar. No pudo contener su molestia porque nunca ha estado de acuerdo con un proceso en el que él no sea el que figure en la firma y en la foto para la historia. No se siente bien porque no es su modo de operar, no es su estilo. El expresidente Uribe y su séquito de aduladores quieren hacer creer, mediante toda clase de enredos, que son un ejemplo, pretenden ser -¡óigase bien!-, dizque patriotas.

Uribe no puede admitir un cambio en el país porque siente que se le desquebraja el statu quo que ha mantenido como excusa para alimentar el negocio de la guerra que, dicho sea de paso, le llena los bolsillos a él y a sus poderosos amigos del sector empresarial.

Su inquina hacia el colombiano que piense diferente es como una piedra en el zapato para llevar a cabo lo que llama proyecto político, que no es otra cosa que una ambición personalizada para acomodar el país a sus intereses.

Es por eso que algunos uribistas no les conviene que los colombianos vivamos pensando en la paz; no les conviene porque ellos no dan la cara, ellos se esconden, se fugan; el uribista no puede conciliar un conflicto con el diálogo, ellos lo arreglan a los golpes, porque dentro de su vocación no existe el respeto a las ideas diferentes, no existe la tolerancia; no les cabe en la cabeza que puede haber un país de iguales aún siendo diferentes.

Él es la mentira andante: prometer es su virtud, incumplir su habilidad. Es alguien a quien le cuesta reconocer que la democracia es otra de sus más grandes alergias. Sus cambios de postura denotan a un oportunista, huérfano del poder. Su camaleónico discurso lo ha ido arrinconando a las necesidades electorales del momento. Sus posturas demagógicas, para el interés estrictamente personal, envuelven a un individuo inestable y en apariencia -por conveniencia- moderado. Sus entrañas esconden un repulsivo en vida que encarna al más temerario de los bandidos. Detrás de esa figura fortalecida por sus aduladores, se esconde alguien a quien no le cuesta pisotear a los demás. Llama interés general a un número contado y selecto grupo de empresarios que acolitan sus intentos repugnantes de lo que a su gusto podría llamar progreso que, en últimas, resulta siendo un amasijo de sus más oscuras ambiciones.

Muy claro si nos queda y es que está lejos de ser alguien que anhele un cambio sustancial para el país, y seguramente usará cualquier excusa politiquera para hacernos creer que es alguien con la autoridad moral para juzgar. Pero al fin y al cabo estamos en época donde la necesidad juega al todo vale. ¡Y sí que lo hace de maravilla! Con camaleónica pericia, esfumará su sed de hacerle apología a la guerra -siempre lo había hecho, en periodos pasados-. Dice que ha querido lo mejor para su país, pero lo que nunca ha confesado es que sus prioridades redundan siempre en una guerra, a cambio de conseguir el deseo de paz. Por eso, para él, el fin justifica los medios.

Ahora, con lo que se viene en estos meses seguramente se dedicará a pregonar el trillado discurso de “paz sin impunidad”. Una coartada supuestamente para acabar con las injusticias sociales, la desigualdad, el conflicto, etc., todas esas costras que laceran a una Nación que ya no se aguanta ni así misma.

Como si el hoy senador no representara en carne propia el epicentro de la impunidad. Un sin sentido que a lo mejor sigue justificando su enfermo gusto: el negocio aberrante de seguir con la guerra y las mentiras.

De aquí en adelante le tocará unir fuerzas, para pagarle los favores a sus amigos empresarios que posan como lobistas detrás de la disciplinada obediencia de toda y cada una de la escuadrilla de congresistas, a quienes ni la vergüenza los sonroja, para crear algún estado de caos y de pánico con tal de no quedar en ridículo y poder usar su discurso, haciendo las veces de zancadilla al proceso.

Es así como el adulado congresista y su séquito de zalameros no quiere la paz, porque más que buscar el bien general, solo busca mantener un statu quo manejado al mejor estilo de un tirano, con tal de enaltecer un “prestigio personal”, para finalmente quedar grabado en la historia de este país, sin percato de que se ha convertido en el adefesio social que más daño le ha hecho al progreso de la democracia.

¡Ojalá deje hacer la paz¡ Ojalá éste señor y sus pupilos en el congreso se ablanden un poco y cambien esa postura travestida de veeduría y supervisión para bien de ésta generación y las que vienen. Ya es hora que la extrema derecha en cabeza de sus celebridades dejen de ser los abanderados señores de la guerra y se sumen, no propiamente al tren de la paz, pero sí a la sociedad de un país con menos violencia.

con la oreja roja

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