Crecimiento personal LO BUENO DEL AYER ES LO QUE VIVO HOY

Por. Jorge Alfonso Sierra Q.

Es frecuente escuchar a las personas invocar con nostálgica alegría el ayer. Épocas, acontecimientos, personas, se citan en sus conversaciones como sucesos pasados hermosos, cristalinos, sin un ápice de dolor o de reproche.

No deja de producir cierta ternura cuando los viejos de hoy, añoran ese pasado, muchas veces rematado con las frases “bellos momentos que ya no volverán. Eran otros tiempos en que nos divertíamos sanamente, no como hoy, en que ya nada es así; solo hay maldad y violencia”.

Lo curioso es que, en todas las épocas, la gente mayor dice lo mismo. Si se tuviese la oportunidad de escuchar a las personas desde el período de Platón, se asombraría uno al constatar que nada ha cambiado. Que las frases, los lamentos, las añoranzas por el pasado, siguen siendo las mismas. ¿Y el hoy?

Pero dejando a un lado fechas tan remotas, es curioso oír a los contemporáneos nuestros, los que compartieron la juventud con nosotros, rememorar situaciones de entonces con un romanticismo digno de mejores causas.

Pero sucede que esas situaciones nombradas, en la época en que se vivieron, bastante veces fueron angustiosas, amargas, difíciles. Hablo por mí. Y me consta: Todo eso tan amargo en su tiempo, ahora se reviste de una nostalgia que tiene mucho que ver con la añoranza del tiempo que se fue.

De algunos años para acá, me he puesto a hacer algo que no sé cuánto de masoquista tenga. Y es tratar de grabar en mi memoria de la mejor manera posible, lo que esté sucediendo, por simple que sea, diciéndome a mí mismo que eso que estoy viviendo es hermoso, gratificante, que debo aprovecharlo, vivirlo en toda su intensidad porque “seguramente en un par de años lo estaré invocando como algo muy bello”.

Y no tiene que ser nada extraordinario: La reunión informal que se creó en la puerta de la casa cuando íbamos a salir y llegó un amigo de improviso. La dificultad que hoy afronto y que parece insuperable. El encuentro con amigos de la infancia y de la adolescencia. El viaje que iniciamos en carro en un amanecer, con música alegre de fondo y la expectación de en donde pararíamos para desayunar. Sin tiempos para llegar, sin afugias de ninguna índole, sin pretensiones exageradas, solo disfrutar de la conversación espontánea, el aire fresco en el rostro, reír con el chiste que sale de improviso. El estrés que me acosa por no poder cumplir con lo prometido. El difícil dolor que me atormenta por la pérdida de un afecto.

Por grato o complicado que se me muestre el momento, sé que sólo necesitará el tamiz del tiempo para ser visto con otros ojos y sentimientos.

Con esa filosofía, sé que la nostalgia de mañana Es el momento de hoy, el que se nos va. Disfrutémoslo. No esperemos muchas madrugadas para apreciar y disfrutar este instante que va cruzando nuestra vida. Tal vez así nuestra felicidad será un eterno presente que jamás se va.

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