LOS EXCLUÍDOS

Por Henry Gómez Zarate.

Juro que no lo sabía. El recuerdo más lejano de mi encuentro con la escuela es mi madre componiéndome el mechón y abandonándome en medio de rostros extraños e intimidantes.
Eso fue al principio. No pasó mucho cuando todos los rostros y rincones de aquel espacio vinieron a ser como una extensión de mi casa, que igual modelaban mis reacciones.

¡ Viene la Seño Ana ! gritaba alguno y todos asumíamos una actitud obediente al encuentro de su mirada. ¡ Viene Educación Física ! y caíamos en el desespero por la llegada del profesor que nos conducía hasta a la cancha.

Pero así como tenía mis ojos bien abiertos para reconocerme en cada situación de la escuela, los tenía bien cerrados para el encuentro plano con los otros, con mis compañeros. Y no era solo yo, era una regla general que incluía a mis profesores.

Aquí es donde entran Andrés y Luis en esta historia.

Todo comenzó porque, estando en prescolar eran los únicos que no controlaban esfínteres. Pasaban días normales y de pronto el aire enrarecido daba aviso que uno de los dos debía ser asistido en medio de un coro de burlas. Recuerdo que desde esas épocas los dejamos marcados como bufones sin sus consentimientos y no paró nunca hasta el día en que fueron retirados por bajo rendimiento («cambio de ambiente escolar» decía la nota bizarra).

Mi padre es contador y nunca resultó un problema para mi lo que explicaba la profe de matemáticas. Apenas ponía ejercicios yo era de los primeros que rodeaba su escritorio para mostrarle que había entendido. Ahí nuevamente figuraban Andrés y Luis que veían en esos signos imcomprensibles jeroglíficos y solo mostraban sus deberes si se veían forzados. ¡eso es un disparate! decía la seño y el curso entregaba su risa.

Cuando ibamos por 5to ya estaban sentenciados para el cambio de ambiente escolar: ¡este colegio no puede bajar el nivel! decía el coordinador y los profesores lo repetían todos los días. Ahora que lo recuerdo, fue ese año en que percibí que Andrés y Luis se fueron aislando. Había en sus rostros un rasgo de mal genio y luego se fueron juntando con otros sentenciados. De séptimo no pasó la mayoría, entre ellos Andrés y Luis.

Un día que la escuela soltó temprano, corríamos en estampida buscando la salida. A solo cuadras de mi casa caí en la cuenta que había dejado la sudadera en el salón. Debía regresar rápido antes que se perdiera (si no mi mamá me va a armar cantaleta). Llegué a la puerta, rogué al vigilante que me diera acceso, los profesores estaban reunidos en coordinación revisando los resultados de la evaluación general de asignaturas, el resto del colegio permanecía solo, lo que era buena señal (si no hay nadie ahí debe estar mi sudarera, si no mi madre me va armar cantaleta: «tu siempre botando las cosas por tu descuido»). Corrí desesperado y a solo unos pasos de la puerta del curso me detuve. Oía con mucho esfuerzo lo que parecían sollozos ahogados, me asomé por los vidrios de la ventana y ahí estaba Andrés, desfogado en un llanto apagado e incontenible.

Faltaban solo algunos días para vacaciones de fin de año. Ese día no fui capaz de acercármele y me dije que no volvería a hacer parte del coro que lo tomaba por burla. Me dije también, que hacia adelante me esforzaría por lograr su amistad, pero no fue posible ya que prevaleció el «cambio de ambiente escolar» con que la escuela logra mantener su «buen nivel»

Mas tarde me enteré que desde niño Andrés sobreaguó a un entorno en que la violencia marcaba los pasos y supe también que sus fracturados progenitores militaban en todas las formas del desarraigo. Mientras temía para Andrés el mismo destino, supuse que debía tener talento para algo, aunque no fuese bueno en matemáticas (al menos eso dice mi mamá, que todos tenemos un don. ¿acaso no es lo que ocurre con los adultos que se dedican a una cosa y no a todas?). Parodiando a mi madre, una frase insistía puntillosamente dentro de mi: para hacerle conejo a la estafa que ha sufrido por vida, Andrés debía tener un don, algo a lo que pudiera aferrarse una mejor posibilidad de destino. No era hacia afuera, en el cambio de ambiente impuesto sino hacia adentro.

Si en el hospital es recomendable la distancia emocional dado que el paciente puede morir, en la escuela no porque nos hace ciegos, aun para quienes desde niños sufren la inconformidad de vivir.

Hoy hay una ceremonia en mi escuela. No le he dicho nada a mis padres. Seremos exaltados solemnemente los estudiantes que hemos contribuido a sostener el «buen nivel». No voy a asistir: me niego a hacer parte de eso que llaman «bueno», pero que excluye lo esencial de lo que llevamos por dentro.

Perdónenme Andrés y Luis, juro que no lo sabía.

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