LOS QUE FINGEN ESTAR DORMIDOS

Por: Henry Gómez Zarate.

El nombramiento del hijo de Jorge 40 en un cargo sensible para las víctimas del conflicto armado no es un acto inocente del uribismo en el gobierno. Ni más faltaba. Tampoco es cierto que la antigua extradición de los cabecillas de las autodefensas deja a Uribe (y detrás de él a un jurgo de gente) libre de sospechas de complicidad narco-paramilitar. Y también es mentira esa ingenua separación entre paramilitarismo armado y su restante entorno oligárquico-político-institucional a la que ya (con altas dosis de miedo) nos tienen amaestrados.

Colombia debe ser el único país del mundo en el que todo un partido más una estructura criminal más un personaje representativo y brutal consideran realizable borrar en todos los tableros una cosa que ocurrió a simple vista: la envolvente complicidad paramilitar y con el terrorismo de Estado del establecimiento político, institucional y económico.

No les den más vueltas: por más que se empeñen, por más que medio país se envuelva en la gangrena moral y lo aplauda, el «terrorismo de los buenos de la ultraderecha» fue y será una evidente verdad inocultable, mientras haya gente honesta, sana y sensata.
(Incluso bastaría con que fuesen solo honestos para no echarse mentiras a sí mismos.)

No obstante, el que esa verdad resulte consignada procesalmente dentro de las instancias judiciales es distinto. Y es justo lo que temen miles de cómplices agachados y encartados que se anclan desesperados a narrativas y acciones políticas intolerantes. No les importan las gabelas judiciales en materia de sanciones: le temen a la verdad como el diablo a la cruz. La quieren sepultada y punto.

Justo por eso hay quienes prefieren la continuidad de la guerra antes que la paz aparejada a la confesión de verdades sobre el conflicto. Y son miles. Toda la existencia del uribismo como corriente de ultraderecha (separada de la derecha en que se hallaba camuflada), todos los esfuerzos de un Uribe viejo (buey cansado que debería habitar el reposo de los nietos), todas las inversiones para mantener costosas estructuras de propaganda y desprestigio (por ejemplo: las bodegas que incesantemente apuntan contra la JEP) se explican al tenor de esa razón fallida.

Fue la Corte Constitucional la que dictaminó (paradójicamente en tiempos de Uribe) que todo proceso de pacificación de actores armados ilegales implicaba la confesión de verdad para optar por la flexibilización de la justicia y las penas alternativas. Lo de la entrega del país a las Farc o la acusación a la JEP como tribunal de las guerrillas son acusaciones delirantes que ocultan poco el temor a la verdad que las motiva y visibilizan como estúpidos a quienes contra toda evidencia todavía las creen. La idea fantasiosa de que se pueden ocultar las verdades que comprometen a la ultraderecha con el conflicto armado nos ha traído muchas desgracias.

Una actividad aplazada pero necesaria en Colombia (por sus realistas y desilusionantes efectos) es una gran acción política de masas con un solo y contundente mensaje: HACERLE SABER al entorno oligárquico-institucional-político que es una misión fallida pretender ocultar su complicidad con el paramilitarismo y su papel en el terrorismo de estado.

Facilitaría muchas cosas: les haría saber que no están lidiando con un país en pleno repleto de pendejos, los notificaría que millones están apercibidos de su subsistencia tras la ola de crímenes de líderes sociales de nueva generación, que igualmente hay millones que no son moralmente cómplices de su horror y, por último, desilusionaría a la entusiasta ultraderecha terrorista poniéndola de frente a lo que tanto temen, esto es: que por más que logren burlar la justicia nunca lograrán burlar la historia y la memoria.

A Uribe y al círculo más estrecho de su onda también se les quitaría un peso de encima: entenderían que hagan lo que hagan nada los salvaría de ser reconocidos merecidamente como los peores criminales de la historia completa de Colombia.

En ese contexto entre avisados de espantos e idiotas que tragan sin masticar, el nombramiento del hijo de Jorge 40 es otro acto fallido en la ilusoria misión de sepultar verdades. Se trata en realidad de un mensaje amistoso para Jorge 40 ahora que regresa de EU con el fin de que guarde silencio. Y así Jorge 40 muerda el anzuelo la historia y la memoria lo registran como un terrorista sin paralelo ampliamente apoyado, rodeado y secundado por los mismos que lo extraditaron para callarlo.

Justamente por ese apoyo y ese entorno cómplice la potencia de ese horror no tiene paralelo. La sombra que lo cubre ha llegado a la nueva generación. Ni Jorge 40 ni su hijo brindan esperanzas a la verdad procesal confesada.

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