TRAMA DE UNA CELADA PARA CAZAR INCAUTOS

Por Henry Gómez Zarate.

El asunto fue así: en cuanto Uribe tuvo información filtrada de los acercamientos secretos entre Santos y las Farc (2011) con miras a un proceso de paz, de inmediato fue poniendo los ladrillos de una narrativa para construirlo artificialmente como enemigo.

En teoría, las desavenencias empezaron por unos nombramientos ministeriales incómodos pero en realidad había algo más profundo. Uribe necesitaba constituirse como contrapeso político en la negociación con las FARC, con el fin de presionar una confección conveniente de los criterios de verdad y justicia en los acuerdos que le garantizaran impunidad (lo que implicaba obstaculizar la verdad).

Las implicaciones y responsabilidades (narcoparamilitarismo, falsos positivos) que comprometían a Uribe en muchos años del conflicto le hacían temer. No podía confiarse Uribe en Santos. Sabía perfectamente que, a estas alturas del mundo, los criterios de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición eran ineludibles en un proceso de paz.

Ya no era posible un acuerdo a la vieja usanza (tipo M-19). Lo había experimentado en carne propia cuando toda la confección impune de su acuerdo con los paramilitares fue reversada por la Corte Constitucional y se abrió una tronera de delaciones que fue necesario truncar abruptamente con la extradición de los cabecillas del paramilitarismo: estaban hablando mucho.
De ahí surgió un muñequeo cizañero centrado en la figura de Santos (que no en el santismo), la creación de un nuevo partido (el CD) y la estrategia de retomar el gobierno para garantizar la concreción de la impunidad como objetivo primario.

Las prioridades se trastocaron y los tontos de la base social del uribismo ni siquiera se han dado cuenta. De aquel uribismo de la “seguridad democrática” que aseguraba estar ganando la guerra solo quedó la artificial fama. No dan hoy “pies con bolas” ni para hacerle la guerra exitosa a unas disidencias que cuentan menos de 3000 hombres.

Hasta sus mismos electores, en esa infantil necesidad de sucesivas e impactantes matrices alboratodaras, ya ni se acuerdan de la promesa de sacar a las FARC a sombrerazos del congreso, de hacer los acuerdos trizas o de otras pendejadas azuza pasiones (o de otras pasiones azuza pendejos).

La prioridad es la impunidad: tomar descaradamente el control de todos los pesos y contrapesos del estado (como decían ellos que pasaba en Venezuela), meterse los medios al bolsillo (ídem Venezuela y gobierno Santos, decían) y truncar toda posibilidad que la verdad sobre paramilitarismo, falsos positivos, montajes judiciales, falsos testigos, etc. escalen hacia esas élites que en Colombia tienen el derecho divino de la intocabilidad (aunque simulen rencillas entre ellas).

En eso andan y de paso (ni más faltaba) en la vieja agenda neoliberal clientelista, politiquera y corrupta.

Todavía falta un año largo.

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